En el otoño de 2021 firmé, con el mismo equipo de cinco compañeros, veinticinco artículos en la Revista Sanitaria de Investigación: trece en el número de octubre y doce en el de noviembre. Monográficos, casos clínicos, planes de salud. Durante años este sitio dijo que eran trece — la memoria redondea a la baja cuando uno no vuelve a mirar —, y al volver a Dialnet para escribir esta pieza me encontré con los veinticinco, uno a uno, con sus coautores y sus números de revista. Están todos enlazados aquí abajo. Ese es el primer ajuste de cuentas de este texto: con mi propio archivo.
El segundo es más incómodo y más útil. Releer lo que uno publicó hace cinco años es mirarse en una foto antigua: la cara es la misma, la ropa chirría. Aquellos textos se escribieron con la metodología que teníamos entonces — buscar rápido, citar lo encontrable, cerrar en plazo, publicar en una revista que pedía volumen más que fricción —, y se les nota. No los voy a machacar: eran honestos, eran nuestros y me enseñaron a escribir con otros. Pero hoy trabajo con otra regla — actualizada, oficial y cruzable — y la pregunta interesante no es "¿qué escribí?", sino "¿qué escribiría hoy?". Eso es esta pieza: los veinticinco, por bloques, cada uno con su revisita y con la evidencia de 2026 delante.
La experiencia es un grado solo si vuelves a mirar lo que hiciste con ella. Si no, es antigüedad.
Los mitos de nutrición
Cuatro de los veinticinco artículos de 2021 fueron a por la nutrición, y son los que releo con más cariño porque son los más personales. En aquel momento el gesto era claro y valiente: coger cuatro creencias de barra de bar — el desayuno sagrado, el pan que engorda, el huevo que tapa las arterias, la dieta mediterránea como amuleto — y desmontarlas con literatura. El gesto sigue en pie. Lo que ha madurado, cinco años después, no es el qué sino el cuánto: los efectos son reales pero modestos, la adherencia manda sobre el truco de moda, y algún matiz de entonces ha envejecido regular. Vamos uno a uno.
El desayuno y el ayuno intermitente
Publicamos «El desayuno no es la comida más importante del día. Monográfico acerca del ayuno intermitente» con un titular provocador y una tesis defendible: saltarse el desayuno no es el pecado nutricional que nos vendieron, y el ayuno intermitente 16/8 tenía beneficios metabólicos plausibles. Lo firmé como primer autor con cinco compañeros más, y lo que hoy le corregiría al yo de 2021 es el entusiasmo por el mecanismo.
Si lo escribiera hoy, pondría los ensayos que en 2021 no existían. El de Liu y colaboradores en el New England (2022) asignó a 139 personas con obesidad a restricción calórica con o sin ventana de 8 horas: los del ayuno perdieron 8,0 kg, pero la diferencia con solo contar calorías fue de 1,8 kg y no fue estadísticamente significativa1. El de Jamshed en JAMA Internal Medicine sí dio una ventaja al ayuno temprano: −2,3 kg frente al control, equivalente a un déficit de 214 kcal/día, y −4 mmHg de diastólica2. La lectura de 2026 es menos épica y más útil: el ayuno no tiene magia propia, funciona porque es una forma cómoda de comer menos. El desayuno no es obligatorio; el déficit sostenido, sí.
El pan que engorda, o no
En «El pan te hace engordar, o no. Monográfico acerca del uso de pan en la dieta» defendimos que el pan no es el enemigo, que los hidratos complejos son buenos, y — el acierto que mejor ha aguantado — que la frontera no está entre pan y no-pan, sino entre integral y refinado, entre índice glucémico bajo y bollería. Ese artículo distinguía 230 kcal del integral frente a 250 del blanco y hablaba de picos de glucemia. La intuición era la correcta.
Si lo escribiera hoy, cambiaría las calorías por comas de una curva dosis-respuesta, que es donde vive la evidencia buena. El metaanálisis dosis-respuesta de Aune en el BMJ (2016) cuantificó lo que en 2021 dejábamos en abstracto: por cada tres raciones diarias de grano integral (90 g), la enfermedad cardiovascular baja alrededor de un 22 % (RR 0,78; IC 95% 0,73-0,85), una dirección que la revisión de Reynolds en The Lancet (2019) corrobora, con el mismo sentido para diabetes tipo 2 y cáncer colorrectal3. El refinado no comparte ese beneficio. O sea: el mito no era el pan, era el pan blanco haciéndose pasar por alimento. La conclusión de 2021 aguanta; lo que le faltaba era el número detrás, y el número es contundente.
El huevo que hizo mucho daño, o no
El de «El huevo ha hecho mucho daño, o no. Monográfico acerca del uso de huevo en la dieta» es de los que releo asintiendo. Contábamos la paradoja de Milton Scott — Estados Unidos bajó el consumo de huevo de unas 390 a 210 unidades por persona y año entre 1950 y 1965, cerca de un 46 %, mientras la mortalidad por infarto subía de unos 200 a 290 por 100.000 habitantes, casi un 45 % — y el dato de Harvard de que un huevo diario apenas mueve el ratio LDL/HDL. La tesis: el veto al huevo por su colesterol nunca tuvo buena evidencia.
Si lo escribiera hoy, cambiaría las anécdotas por un metaanálisis serio. El de Godos y colaboradores en European Journal of Nutrition (2020), con casi dos millones de personas, encontró que consumir hasta un huevo al día se asocia a un riesgo cardiovascular de 0,94 (IC 95 % 0,89–0,99) frente a no comerlo — es decir, ligeramente protector, no dañino —, sin asociación con ictus4. El matiz maduro es doble: por encima de ese huevo diario no hay beneficio extra, y en personas con diabetes algunos estudios piden prudencia. Que la ACC/AHA retirara el límite de colesterol dietético en sanos nos dio la razón. Pero «el huevo es libre» no es lo mismo que «cuantos más mejor».
La dieta mediterránea y la salud
El cuarto, «La dieta mediterránea y la salud. Artículo monográfico», es el que me obliga a más autocrítica. Defendía un patrón alimentario excelente — pescado, aceite de oliva, verdura — y en eso no me desdigo. El problema es lo que no citábamos y lo que sí.
No citábamos PREDIMED, que es como escribir de dieta mediterránea sin el ensayo que la puso en el mapa. Si lo escribiera hoy, abriría con su reanálisis en el New England (2018): dieta mediterránea con aceite de oliva virgen extra o frutos secos, HR 0,70 para eventos cardiovasculares mayores, un 30 % menos5. Ese es el número que faltaba. Y borraría, sin contemplaciones, la frase sobre el alcohol: en 2021 escribimos que 1-2 vasos diarios reducían la enfermedad cardiovascular un 25-40 %. La OMS lo enterró en 2023: no existe un nivel de consumo de alcohol seguro para la salud, y el etanol es carcinógeno del grupo 16. Es el matiz de toda la serie que peor ha envejecido, y lo digo sin rodeos: lo que en su día parecía sensatez mediterránea hoy es sencillamente falso.
Reducción de riesgo asociada a cada «mito» desmontado, con la evidencia de 2026
Pasa el ratón por cada barra para ver el estudio. Ojo: son desenlaces distintos (eventos, incidencia, riesgo, peso), no una escala única — pero el mensaje se lee de un vistazo. Lo que comes de forma sostenida (patrón mediterráneo, grano integral) mueve la aguja; el truco de la ventana horaria, por sí solo, apenas la roza. La adherencia gana a la moda.
En 2021 tuvimos razón desmontando mitos. En 2026 sé que desmontar un mito es la mitad fácil del trabajo: la otra mitad es no montar el mito contrario.
El bloque respiratorio
De las veinticinco publicaciones de 2021, siete iban de pulmón: tromboembolismo, EPOC, derrame pleural, hemoptisis, oxigenoterapia de alto flujo, un programa de salud para asmáticos y la deshabituación tabáquica. Casi una tercera parte del año escribiéndole al aparato respiratorio. Tiene sentido: es el sistema que más rápido te avisa cuando algo va mal en un turno, y también uno de los que más se ha movido en estos cinco años. Releo estos siete con cariño y con la incomodidad sana de quien ve sus propias costuras. No me avergüenzan. Pero hoy los escribiría distinto, y esa diferencia es justo lo que quiero enseñar.
Tromboembolismo pulmonar
Publicamos «Tromboembolismo pulmonar. Artículo monográfico.», un repaso de una entidad que sigue siendo la tercera causa cardiovascular de muerte. Sin abrir de nuevo el texto no voy a fingir que recuerdo cada línea, pero conozco el molde: un monográfico de manual, fisiopatología, clínica y tratamiento. Correcto y algo plano.
Si lo escribiera hoy no empezaría por la anticoagulación, sino por la decisión de a quién no se le hace un TAC. La guía ESC 20197 ordenó el diagnóstico alrededor de la probabilidad clínica: Wells o Ginebra primero, dímero-D después y, la joya, el punto de corte ajustado a la edad (edad × 10 µg/L por encima de los 50). El ensayo ADJUST-PE8 mostró que, en los mayores de 75 años, ese ajuste pasa de excluir TEP sin prueba de imagen en el 6,4 % de los pacientes a hacerlo en cerca del 30 %, sin más falsos negativos. Y añadiría el sPESI para estratificar riesgo y decidir alta precoz. La enfermería vive en ese algoritmo: es quien saca el dímero, quien monitoriza al de riesgo intermedio y quien detecta el deterioro. En 2021 escribí la enfermedad; hoy escribiría el circuito.
Pacientes mayores de 75 años en los que se descarta TEP sin prueba de imagen (ADJUST-PE)
En los mayores de 75 años, el ajuste a la edad casi quintuplica los TEP excluidos sin radiación ni contraste, con la misma seguridad. En 2021 no cité este dato; hoy sería el eje del artículo.
Enfermedad pulmonar obstructiva crónica
El monográfico «Enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC). Artículo monográfico.» es, con perspectiva, el que peor ha envejecido — y no por culpa nuestra, sino porque la GOLD se ha reescrito por dentro. En 2021 seguíamos hablando de grupos ABCD y de espirometría como reina del pronóstico. Eso ya no existe.
Hoy escribiría desde la clasificación ABE9: se fusionaron los antiguos C y D en un único grupo E de «exacerbador», y en la versión 2026 basta una sola agudización moderada en el último año para caer en él. El tratamiento arranca en doble broncodilatación LABA+LAMA, y la triple terapia con corticoide inhalado se reserva a quien tiene ≥300 eosinófilos en sangre — el gran giro, tratar por biomarcador y no por intuición. Añadiría lo que en 2021 apenas se decía: el corticoide inhalado no es gratis, sube el riesgo de neumonía, y retirarlo en el fenotipo equivocado es tan clínico como pautarlo. Un monográfico de EPOC sin la palabra «eosinófilos» hoy está incompleto.
Un protocolo de EPOC de 2021 no es que esté anticuado: es que clasifica al paciente con un mapa que ya no dibuja el mismo país.
Derrame pleural
En «Derrame pleural. Artículo monográfico.» apostaría a que ordenamos el tema, como todo el mundo, alrededor de los criterios de Light para separar trasudado de exudado. Siguen vigentes y bien que hacen. Pero el marco ha cambiado de sitio.
Lo que hoy pondría en el centro es la ecografía torácica a pie de cama. La actualización de la British Thoracic Society de 202310 la convierte en estándar: guía la toracocentesis, reduce el neumotórax yatrógeno frente a la punción a ciegas y detecta septos que cambian el manejo. Escribir hoy sobre derrame pleural sin hablar de la sonda ecográfica es como escribir sobre vías sin hablar del torniquete. Y matizaría la vieja costumbre de vaciar mucho de una vez: la evidencia moderna frena el volumen por sesión para evitar el edema por reexpansión. Light sigue siendo el bioquímico; la ecografía es la que nos ha cambiado las manos.
Hemoptisis
La monografía «Hemoptisis. Artículo monográfico.» es la que más me interesa revisitar, porque es de las pocas del bloque donde el papel enfermero en la fase aguda es puro reflejo entrenado: permeabilidad de vía aérea, decúbito sobre el lado que sangra, dos accesos venosos, no perder al paciente de vista.
Lo que hoy dejaría meridiano es el destino del sangrado masivo. La embolización de arterias bronquiales se ha consolidado como tratamiento de primera línea11, con un control inmediato del sangrado en la gran mayoría de los casos y una mortalidad del procedimiento baja, aunque a costa de recidivas no despreciables en el primer año. Eso reordena la cadena asistencial entera: estabilizar, TAC con contraste para localizar, y activar radiología intervencionista antes que quirófano. En 2021 describí la urgencia; hoy describiría la ruta que salva al paciente antes de que llegue al drama.
Oxigenoterapia de alto flujo
El monográfico «Oxigenoterapia de alto flujo. Artículo monográfico.» lo firmamos meses antes de que una pandemia lo pusiera en boca de todo el planeta. Eso es lo que más me hace sonreír de este texto: escribimos sobre una técnica que estaba a punto de graduarse a la fuerza.
Si lo escribiera hoy tendría cinco años de evidencia consolidada que en 2021 aún era discutible. El FLORALI12 ya había sugerido, antes del COVID, menor mortalidad a 90 días frente a oxígeno estándar y ventilación no invasiva en la insuficiencia respiratoria hipoxémica; la avalancha de ensayos de la pandemia13 asentó que reduce la intubación aunque el efecto sobre la mortalidad sea más discreto. Y añadiría lo operativo, que es lo enfermero: el índice ROX para vigilar al que responde y al que no, y la disciplina de no enamorarse de la técnica cuando el paciente pide tubo. El alto flujo no evita intubaciones por magia: gana tiempo, y hay que saber leer ese tiempo.
Mortalidad a 90 días en insuficiencia respiratoria hipoxémica aguda
La señal de mortalidad del FLORALI convivió durante años con la duda sobre la intubación. La pandemia zanjó lo segundo: el alto flujo reduce la intubación, aunque su efecto sobre la mortalidad siga siendo materia de matices.
Programa de salud para asmáticos
El «Programa de salud para asmáticos» era, por género, lo más enfermero del bloque: educación, técnica inhalatoria, plan de acción por escrito, adherencia. Ese esqueleto sigue siendo oro puro. Lo que cambiaría es el fármaco que hay dentro del inhalador de rescate.
En 2021 casi con seguridad recomendamos el SABA solo como alivio, que es lo que se enseñaba. Hoy sería un error de bulto. La GINA14 enterró el rescate con salbutamol aislado: el antiinflamatorio de rescate con ICS-formoterol (estrategia MART/AIR) es el estándar desde el primer escalón. El SYGMA 115 mostró un 64 % menos de exacerbaciones graves con budesónida-formoterol a demanda frente a terbutalina (0,07 vs 0,20 por año). Un programa de educación en asma que enseñe a abusar del salbutamol hoy educa en la dirección contraria. El armazón de mi artículo lo mantendría entero; le cambiaría el corazón farmacológico.
Exacerbaciones graves por paciente y año en asma leve
Mismo inhalador de rescate, dos filosofías opuestas. Meter un antiinflamatorio en cada disparo de alivio recorta las exacerbaciones graves a menos de un tercio.
Tabaquismo y deshabituación
Cierro con el monográfico «Tabaquismo y deshabituación. Artículo monográfico.», quizá el más importante del bloque por impacto poblacional. En 2021 el arsenal farmacológico en España era corto y, sobre todo, se pagaba de bolsillo. Ahí está el cambio grande.
Desde junio de 2024 el Sistema Nacional de Salud financia el tratamiento de la deshabituación16: la vareniclina reincorporada como genérico, para quien fuma ≥10 cigarrillos al día, acredita un intento de abandono en el último año y entra en un programa estructurado de deshabituación — un intento financiado por paciente y año. Eso convierte la consulta de enfermería en la puerta real del tratamiento, no en un folleto. Y afinaría la comparación de fármacos: en el ensayo aleatorizado de referencia17 la citisiniclina no alcanzó la no inferioridad frente a la vareniclina (abstinencia a 6 meses 11,7 % vs 13,3 %), pero se toleró mejor. Números modestos que recuerdan lo esencial: el fármaco es la muleta, la intervención estructurada es la pierna. En 2021 escribí la farmacología; hoy escribiría la financiación, que es lo que de verdad cambia quién deja de fumar.
El mejor artículo sobre dejar de fumar de 2021 no sabía lo más importante que sabríamos en 2024: que la Seguridad Social iba a pagar el tratamiento. La evidencia no solo envejece; a veces, sencillamente, todavía no ha pasado.
Cuidados hospitalarios y quirúrgicos
Cinco piezas de este bloque salieron de los años de planta: oncología, urología y hospitalización a domicilio. Son las que peor envejecen y las que más cariño me dan, porque en ellas se ve al enfermero que era —ordenado, aplicado, taxonómico— y al que la clínica me obligó a ser después. La pregunta, tema a tema, es la misma: ¿qué escribiría hoy con las guías delante?
Seguimiento de la herida quirúrgica
Publicamos «Seguimiento herida quirúrgica. Caso clínico.»: un varón de 40 años, prediabético y con poco apoyo sociofamiliar, apendicectomizado de urgencia, con una infección incisional de exudado seroso y escaso que resolvimos en siete días. Lo armamos con dos etiquetas NANDA —deterioro de la integridad cutánea (00046) y dolor agudo (00132)— y sus NIC/NOC correspondientes.
El caso estaba bien llevado. Pero el formato traicionaba lo importante. Convertimos una historia con un factor de riesgo brillando en rojo —la prediabetes— en un inventario de diagnósticos, cuando lo que decidía el pronóstico era la glucemia perioperatoria, la naturaleza urgente y contaminada de la cirugía, y la soledad del paciente en las curas domiciliarias.
Si lo escribiera hoy no empezaría por las etiquetas: empezaría por el riesgo. Las Global Guidelines for the Prevention of Surgical Site Infection de la OMS, en su edición de 2018, reúnen 29 recomendaciones sobre 23 temas18 y ponen números al problema: en los países de renta media y baja la incidencia agrupada de infección de sitio quirúrgico es del 11,8 por cada 100 procedimientos quirúrgicos —con rangos que llegan al 23,6—, y en los hospitales europeos las tasas oscilan entre el 0,75 % y el 9,5 % según el procedimiento18. Normoglucemia, normotermia, profilaxis antibiótica en la hora previa a la incisión, no rasurar: el bundle que la NICE también sostiene19. El caso de aquel hombre no era un problema de taxonomía enfermera. Era un problema de control metabólico y de continuidad de cuidados. Hoy lo contaría así.
Úlceras por presión
Firmé en equipo «Úlceras por presión. Artículo monográfico.»: escala de Norton modificada, clasificación en cuatro estadios, prevención clásica de cambios posturales, hidratación y protección de prominencias óseas. Un repaso honesto y correcto de lo que se enseñaba.
El problema del monográfico es que es una fotografía. Y las úlceras por presión no paran quietas. Aquel texto era, en el fondo, un resumen de la guía internacional EPUAP/NPIAP/PPPIA de 201920 traducida al día a día. Cinco años después, esa guía ya no es la última palabra: la cuarta edición se está publicando por capítulos desde principios de 2025 —con los de prevención accesibles en abierto y más de 240 expertos detrás—21, y ha movido cosas que en 2021 dábamos por fijas.
Hoy no escribiría "cambios posturales cada dos horas" a secas: lo matizaría por el tipo de superficie de manejo de la presión, distinguiendo superficies reactivas de activas según el nivel de riesgo. Añadiría lo que entonces apenas asomaba: las espumas de silicona profilácticas en sacro y talones para el paciente de alto riesgo, el control del microclima de la piel, la valoración estructurada más allá del eritema. La escala de Norton sigue siendo una herramienta; ya no es la herramienta.
Un monográfico no caduca por estar mal escrito. Caduca porque la evidencia sigue trabajando mientras el PDF duerme.
Rotura de cadera
Publicamos también «Caso clínico. Rotura de cadera.»: una mujer de 47 años, deportista, que un día cambió su ruta habitual de footing, tropezó en el empedrado y cayó desplomada contra una farola. Fractura de cadera sin daño neurológico. La trabajamos con la valoración por las catorce necesidades de Virginia Henderson y tres etiquetas NANDA —riesgo de caídas (00155), deterioro de la movilidad física (00085) y deterioro de la deambulación (00088)—, desarrollando sobre todo la movilidad: ejercicio de fuerza, terapia de equilibrio, manejo de la energía.
Releído hoy, el plan era razonable para ella. La trampa involuntaria es otra: elegimos como caso a la excepción. La fractura de cadera que llena las plantas no es la de la corredora de 47 años; es la del anciano frágil, y para ese arquetipo la evidencia es tajante en algo que nuestro texto ni rozaba: el reloj. La fractura de cadera es un proceso tiempo-dependiente: la NICE, en su guía CG124, recomienda operar el mismo día del ingreso o el siguiente22, y en el Reino Unido la mejora de esos circuitos ha acompañado el descenso de la mortalidad a 30 días hasta el entorno del 6-7 %23. En España, la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología lleva años defendiendo el comanejo ortogeriátrico: geriatra y traumatólogo sobre el mismo paciente desde el primer día24.
Si reescribiera el caso mantendría a nuestra corredora —su rareza es justo lo que enseña— pero diría en voz alta por qué su pronóstico era bueno: porque no era la paciente típica. Y añadiría el espejo: en la típica, la de 85 años, la enfermera no es la que rellena la valoración; es la que vigila el delirium, protege la piel mientras se espera quirófano, controla el dolor para permitir la movilización precoz y empuja para que ese quirófano no se retrase. El plan de cuidados es el andamio. El pronóstico se juega en las horas.
Artroplastia de rodilla
«Caso clínico. Artroplastia de rodilla.» lo recuerdo bien: un varón de 89 años, viudo, con hipoacusia, prótesis total de rodilla derecha tras haber pasado por la izquierda años atrás. Lo enfocamos con dos diagnósticos de riesgo —riesgo de lesión (00035) y riesgo de caídas (00155)— y un plan de rehabilitación postoperatoria muy sensato para su edad.
El caso no está mal. Lo que está desactualizado es el marco mental: tratamos la recuperación como algo que empieza cuando el paciente vuelve de quirófano. Hoy sabemos que empieza antes de entrar. Ese es el corazón de la vía RICA del Ministerio de Sanidad25 y de los protocolos ERAS en artroplastia: prehabilitación, ayuno mínimo, analgesia multimodal, movilización el mismo día de la cirugía. Los números acompañan.
Artroplastia total de rodilla: cuidado convencional frente a vía ERAS/RICA
En un ensayo multicéntrico y aleatorizado de artroplastia total de rodilla, la vía ERAS acortó la estancia media de 8,17 a 5,92 días sin aumentar complicaciones26. Las revisiones sistemáticas recientes confirman reducciones consistentes de estancia con estos protocolos27.
Si escribiera hoy el caso de aquel hombre de 89 años, la mitad del plan estaría fechada antes de la cirugía. No es que estuviéramos equivocados. Es que mirábamos la película empezando por la segunda mitad.
Necesidad de mejora de cuidados en la UCI
La última del bloque me da orgullo y vértigo a partes iguales. En «Exposición de la necesidad de mejora de cuidados en UCI.» firmé como primer autor una defensa de la humanización de los cuidados intensivos apoyada en el proyecto HU-CI: ocho líneas estratégicas, ciclo de Deming, flexibilización de visitas, participación de la familia, cuidado del final de vida28. En 2021, escribir eso era ir por delante.
Pero le faltaba el nombre y le faltaban los números. Hablábamos de "ansiedad, depresión y estrés postraumático" en el paciente crítico sin llamarlo por su apellido: síndrome post-UCI (PICS). Y hoy ese apellido pesa. Los metaanálisis recientes sitúan la prevalencia global de PICS por encima del 50 % de los supervivientes, con TEPT en el 17-44 %, ansiedad en el 32-40 % y síntomas depresivos en el 29-34 %29.
Si lo reescribiera, mantendría cada palabra sobre humanización —seguían teniendo razón— pero añadiría honestidad sobre las herramientas. Los diarios de UCI, que entonces habría vendido como solución, tienen evidencia tozudamente mixta: un estudio comparativo reciente no encontró menos TEPT (19 % con diario frente a 16 % sin él), solo tendencias favorables en ansiedad y depresión30. Humanizar no es decorar. Es medir el daño que deja la UCI cuando el paciente sale y montar consultas post-UCI que lo persigan. Eso es lo que hoy pondría donde en 2021 puse buenas intenciones.
Población y procesos transversales
Cuatro de aquellos artículos no iban de un órgano ni de una técnica: iban de a quién cuidamos y de cómo hacemos las cosas todos los días. Un anciano, una embarazada con la tensión disparada, la gripe de cada octubre y una aguja que entra en el ojo. Temas transversales, de los que uno cree dominar por rutina. Precisamente por eso son los que peor envejecen: la rutina no se actualiza sola.
Valoración integral en un anciano. Caso clínico.
El caso — una mujer de 87 años, viuda, dependiente grave — lo publicamos con las escalas bien puestas: Barthel 35 (dependiente grave), Pfeiffer 0, Yesavage 6, un Zarit de 87 que gritaba sobrecarga en la hija cuidadora, y hasta una Barber que ya la clasificaba como anciana de medio-alto riesgo. Dos diagnósticos NANDA cerrados con su NOC y su NIC. Como ejercicio de valoración estructurada, aguanta. Lo leo hoy con cariño y con una espina: la fragilidad asomó como una casilla de cribado, no como el síndrome que debería ordenar el resto de la valoración; y la medicación quedó anotada en el inventario — la benzodiacepina que tomaba para dormir, la insulina antes de las comidas — sin que abriéramos el capítulo que pedía a gritos.
Si lo escribiera hoy, la fragilidad entraría como síndrome que vertebra la valoración, no como una casilla de la Barber: cribado con una escala breve tipo FRAIL y una prueba de ejecución como el SPPB, porque la fragilidad predice caídas y hospitalización mejor que el propio Barthel. Y aquella benzodiacepina que dejamos anotada sin comentar merecía su propio párrafo: es un caso de manual para los criterios STOPP/START, cuya versión 3 de 2023 amplió la lista de prescripciones inapropiadas en el mayor.31 Ahora bien, honestidad: los grandes ensayos multicéntricos como OPERAM redujeron la prescripción inapropiada pero no lograron bajar reingresos ni mortalidad.32 La herramienta es buena; la bala mágica no existe. Eso también lo escribiría hoy, y en 2021 no lo pusimos negro sobre blanco.
Valorar a un anciano sin mirarle la lista de fármacos es tomarle la tensión con el manguito puesto en la manga del abrigo.
Plan de cuidados de enfermería en la preeclampsia. Caso clínico.
Aquí el yo-de-2021 me hace sonreír y encogerme a partes iguales. El plan de cuidados está bien trazado, pero la definición que usamos — hipertensión tras la semana 20 acompañada de proteinuria — ya nacía vieja. La ISSHP la reescribió en 2021: la proteinuria dejó de ser obligatoria (está presente en torno al 75 % de los casos, no en todos); basta la hipertensión de novo más disfunción de un órgano materno o disfunción uteroplacentaria.33 Diagnosticar exigiendo proteinuria hoy es dejar preeclampsias fuera.
Pero el hueco de verdad era la prevención, y ni la rozamos. Si lo escribiera hoy, el artículo empezaría antes del parto: cribado combinado en el primer trimestre y, en la gestante de alto riesgo, aspirina 150 mg en la cena desde las 11-14 semanas. El ensayo ASPRE es de los que no se olvidan — redujo la preeclampsia pretérmino un 62 % (1,6 % frente a 4,3 %), con un número necesario a tratar de 38.34 Y para la duda de planta, cuando no sabes si esa cefalea es preeclampsia inminente, el cociente sFlt-1/PlGF: un valor de 38 o menos descarta la enfermedad en la semana siguiente con un valor predictivo negativo del 99,3 %.35 En 2021 cuidábamos la crisis. Hoy escribiría sobre impedirla.
Enfermedades infecciosas: Gripe. Artículo monográfico.
El monográfico de la gripe es correcto y previsible: tipos A, B y C, inhibidores de la neuraminidasa como primera línea, vacuna anual a finales de octubre, grupos de riesgo con los sanitarios en la lista. Lo llamativo, releído en 2026, es lo que no hay: la palabra COVID no aparece ni una vez. Lo escribimos meses después de las primeras campañas de vacunación masiva de la historia y el texto sigue como si 2020 no hubiera pasado. No es un error; es un recordatorio de lo rápido que un artículo se queda en otra época.
Si lo escribiera hoy, la vacuna del mayor no sería «la vacuna» a secas. En España, la campaña 2025-2026 recomienda formulaciones específicas para los de 65 o más — adyuvada con MF59 o de alta carga — porque su sistema inmune responde menos.36 Y hay número detrás: la vacuna de alta carga mostró una eficacia relativa del 24,2 % frente a la dosis estándar en el mayor.37 La otra lección post-COVID que subrayaría es la que el texto ya insinuaba sin darle peso: la vacunación del profesional no es un trámite de recursos humanos, es protección del paciente frágil, y el objetivo de cobertura del 75 % en sanitarios sigue siendo, año tras año, la asignatura pendiente.
Inyecciones intravítreas. Artículo monográfico.
De los cuatro, es el que peor ha envejecido, y no por culpa nuestra: el campo entero se ha movido debajo. En 2021 describimos la técnica como poco conocida entre los profesionales, hablamos de triamcinolona y de edema macular, y los anti-VEGF apenas asomaban: el único que aparecía, el bevacizumab, lo hacía de pasada en una cita sobre seguridad, no como la terapia central que hoy son. El artículo es un buen procedimiento y un mal pronóstico: lo que venía era una avalancha.
Si lo escribiera hoy, la intravítrea no sería una técnica exótica sino una de las intervenciones más repetidas del hospital, y el protagonista sería el volumen y quién lo sostiene. La historia de estos cinco años tiene dos ejes. Uno, los fármacos que espacian las visitas: el aflibercept 8 mg permite intervalos de hasta 24 semanas y el faricimab hasta 16, frente a las 8 clásicas.38 Dos — y este es el que me toca —, que la enfermería ha asumido la administración en circuitos de alta rotación con seguridad demostrada: en un servicio liderado por enfermería, la endoftalmitis se quedó en el 0,015 % (3 casos en 20.421 inyecciones), a la altura o por debajo de las cifras médicas.39 Aquello que describíamos como raro lo pincha hoy una enfermera, cientos de veces por semana, sin que tiemble el pulso.
Intervalo máximo entre inyecciones anti-VEGF: de 2021 a 2026 (semanas)
Cada semana de intervalo ganada es una visita menos por paciente y por año en una consulta desbordada. El salto de 8 a 24 semanas — triplicar el margen — es la razón por la que estos circuitos han podido crecer sin colapsar, y por la que la administración por enfermería dejó de ser una excepción para volverse el modelo.
Mente, piel y seguridad del sistema
Este es el bloque más desigual de los cinco. Cinco piezas que no se parecen en nada: dos sobre la cabeza (vigorexia, ansiedad), una sobre la piel del adolescente, una sobre si la tinta de un rotulador atraviesa el plástico de una bolsa de suero, y una sobre acoger en el trabajo a quien llega con una discapacidad. Precisamente por lo dispar, aquí la autocrítica sale más fácil. En unas envejecimos bien; en otras escribimos con la cabeza de 2021, que es exactamente lo que había que escribir en 2021 y ya no.
Vigorexia.
Publicamos un monográfico titulado, sin más, «Vigorexia.» — una palabra y un punto. Definíamos la vigorexia como un trastorno obsesivo-compulsivo por la musculatura corporal, apuntábamos a la presión mediática que fija «una figura perfecta e inalcanzable» y proponíamos informar como principal herramienta de prevención. Todo correcto. Todo genérico.
Lo que hoy corregiría es el marco. En 2021 hablábamos de «estándares de belleza» y dejábamos la dismorfia muscular flotando entre el gimnasio y la autoestima. Hoy sé nombrarla mejor: un trastorno con criterios diagnósticos propios, de expresión abrumadoramente masculina, cada vez más estudiado en la adolescencia40. Y las cifras ya no permiten el tono difuso. En el estudio poblacional australiano EveryBODY, sobre 3.618 adolescentes, el 2,2 % de los chicos cumplía criterios diagnósticos de dismorfia muscular, frente al 1,4 % de las chicas41; en una muestra canadiense (estudio CSAHB), el 25,7 % de los varones estaba en riesgo clínico42. Y hay un hilo que en 2021 apenas tiré: el consumo de anabolizantes, que un metaanálisis reciente asocia a formas más graves y compulsivas del trastorno43. Si volviera a escribirlo, el enemigo no sería «la publicidad» en abstracto, sino el feed de contenido muscular que el chico se traga a los quince.
Abordaje emocional en paciente con ansiedad
Este fue un caso clínico —«Abordaje emocional en paciente con ansiedad.»— de un paciente joven en atención primaria: valoración por patrones de Virginia Henderson, diagnósticos NANDA, relajación progresiva de Jacobson, un enfoque «sereno que dé seguridad» y, en coordinación con el médico, benzodiacepinas temporales. Está bien montado. No me avergüenza.
Lo que me chirría cinco años después es el reflejo de la benzodiacepina «temporal», porque en este país lo temporal se cronifica. Ya cuando escribíamos aquello, España encabezaba la lista mundial de consumo de benzodiacepinas —el primero de 85 países, según los datos de la JIFE—, con 91 dosis diarias por cada 1.000 habitantes en 2020 según los registros de la AEMPS44. Escribir un caso donde la ansiolisis farmacológica entra como apoyo natural, en 2021, era describir la práctica real; hoy lo enmarcaría al revés. Las guías NICE recomiendan un modelo escalonado que empieza por las intervenciones de baja intensidad —autoayuda guiada, psicoeducación— y reserva el fármaco para cuando eso no basta45. La enfermera de primaria no es la que firma la receta: es la que puede sostener la primera grada de esa escalera. Si reescribiera el caso, el mérito no estaría en pautar bien la retirada de la benzodiacepina, sino en no haber tenido que empezarla.
Plan de mejora de cuidados para adolescentes con acné
Un «Plan de mejora de cuidados para adolescentes con acné», para chicos de 13 a 18 años: sesiones educativas en el centro de salud, medición del proceso por asistencia y una encuesta de satisfacción como medida de resultado. Era un plan propuesto, no una intervención evaluada: medíamos lo que sabíamos medir, sobre el papel.
Y ahí está el punto ciego. Planeábamos medir satisfacción y conocimiento; no lo que el acné hace por dentro. Tratamos la piel y dejamos fuera el estigma. Hoy no lo dejaría fuera, porque los números no lo permiten: en un estudio poblacional, la ideación suicida se duplicaba en las chicas con acné importante frente a las que no lo tenían y se triplicaba en los chicos46. La guía de la AAD de 2024 lo ha asumido de raíz: considera severo —candidato a isotretinoína— el acné que genera carga psicosocial o cicatrices, aunque el recuento de lesiones diga otra cosa, y subraya el impacto en salud mental del paciente47. La enfermería que ve al adolescente cada semana está en primera fila para ese cribado. En 2021 le entregamos un folleto; hoy le pasaría un PHQ.
Ideación suicida en adolescentes según la carga de acné (estudio poblacional)
La ideación suicida se triplica en los chicos con acné importante (6,3 %→22,6 %) y se duplica en las chicas (11,9 %→25,5 %). El acné no es un problema de piel: es un problema de piel que se mete en la cabeza.46
Utilización de rotuladores indelebles de tinta sobre las bolsas plásticas de suero.
Esta es mi favorita del bloque, y la que mejor ha envejecido. Un monográfico —«Utilización de rotuladores indelebles de tinta sobre las bolsas plásticas de suero.»— sobre una duda de turno legítima: cuando rotulamos una bolsa de suero, ¿migra la tinta a través del PVC hasta el líquido que va a la vena? Repasábamos la literatura —el clásico de Bickler de 1989 con cromatografía de gases, trabajos posteriores con espectrofotometría— y concluíamos que no había evidencia visible de lixiviación de tinta al suero. Una pregunta pequeña, contestada con honestidad.
Lo interesante es que la evidencia posterior no nos desmiente: nos matiza. El ISMP recomienda no escribir directamente sobre la bolsa, pero —como recoge la revisión de ALiEM sobre esa recomendación— el riesgo es sobre todo teórico: hay evidencia limitada de migración de tinta y ninguna de daño a un paciente, y la buena práctica es la etiqueta adhesiva legible, dejando la escritura directa para la emergencia y, si acaso, en la parte alta de la bolsa48. Es decir: teníamos razón en el dato y nos faltaba la frase de sistema. Hoy la escribiría así: la tinta casi con seguridad no te hará daño, pero la etiqueta sí te protege del error de identificación, que mata mucho más que un disolvente. La seguridad del paciente no se juega en la química; se juega en saber qué cuelga de qué palo.
Nos preocupaba si la tinta llegaba a la vena. El error que de verdad llega a la vena es el de la bolsa mal identificada.
Plan de acogida para trabajadores discapacitados.
Aquí toca ser honesto de otra manera: del «Plan de acogida para trabajadores discapacitados» no he podido releer el texto completo, así que no voy a fingir que recuerdo lo que decía. Comento desde el título y el género —un plan de acogida, documento de organización de personal— y desde lo que hoy me parece que acertó al elegir el foco: no la contratación, sino la incorporación. Contratar es un titular; acoger es lo que decide si esa persona se queda.
Y esa distinción es hoy más pertinente que en 2021. En España, la tasa de empleo de las personas con discapacidad se quedó en el 28,9 % en 2024, frente al 69,7 % del resto de la población49. El sistema sanitario, que es de los mayores empleadores del país, no puede permitirse mirar ese hueco desde fuera. Un plan de acogida bien hecho —accesibilidad real del puesto, un compañero de referencia, ajustes que no haya que mendigar— es justo la palanca que las cifras piden. Si lo reescribiera, no cambiaría el foco; lo blindaría con esos números y con una idea sencilla: acoger bien a quien más cuesta incorporar es el mejor examen que puede pasar un servicio que se llama a sí mismo cuidador.
Cierre — lo que le diría al que firmó aquello
Veinticinco artículos en dos meses no son una obra: son un entrenamiento. Aprendimos a buscar, a citar, a repartirnos un texto y a cumplir plazos — y eso, con veintitantos y a turnos, no era poco. Lo que no sabíamos entonces es lo que he intentado hacer aquí: distinguir la fuente que caduca de la que sostiene, el consenso de la costumbre, el dato con apellido del dato de arrastre. Al Eduardo de 2021 le diría dos cosas. La primera: publica, aunque sea imperfecto, porque el músculo se hace escribiendo. La segunda: guarda la lista de lo que publicaste, porque cinco años después vas a querer discutir con ella.
Esta revisita queda abierta. Si una guía de las citadas cambia — y cambiarán —, este texto tendrá su propia foto antigua. Así debe ser.