Filosofía sin pose. Principios pequeños, repetidos a diario. La música que acompaña. Lo que entiendo por tener una buena vida — sin frases inspiradoras.
No tengo un sistema cerrado. Tengo cinco o seis ideas que he ido comprobando que funcionan, y a las que vuelvo cuando me pierdo.
En clínica y en la vida. No para obsesionarse con números, sino para no engañarse a uno mismo. Lo demás es buena intención.
El mejor enfermero de planta no es el más brillante: es el que ha visto mil veces lo que tú ves por tercera. Igual con todo.
Las noticias caducan en horas; los libros buenos en décadas. La proporción dice mucho del estado de tu cabeza.
Dormir, mover el cuerpo, comer decentemente. El 70% de los problemas mentales empiezan ahí. No todos, pero sí la mayoría.
Cambié de opinión muchas veces. La coherencia mal entendida es defender hoy lo que ayer ya no creías. Mejor decirlo.
Cocinar despacio, leer despacio, escuchar al paciente despacio. Son las únicas cosas que de verdad rentan a largo plazo.
Cosas que defendería igual sin auditoría, sin que me viera nadie y sin que tuviera consecuencias.
Le hablo igual al CEO ingresado en privada que al inmigrante sin papeles que pasa por urgencias. No es ideología: es oficio.
En clínica, fuera de ella, en redes. Reconocer el límite del propio conocimiento es el inicio de toda evidencia decente.
Ni en publicaciones, ni en CV, ni aquí. Si un protocolo no funcionó, se dice. Si una estadística es incómoda, también.
Lo que pongo cuando trabajo, cuando salgo a correr, cuando vuelvo a casa después de un turno largo. Sin orden ni vergüenza.